La caída del senador Joseph McCarthy

Washington, 2 de diciembre de 1954 · El Senado de los Estados Unidos censura en términos durísimos al senador McCarthy, impulsor de la caza de brujas.

Ha actuado en contra de la ética senatorial y ha pretendido llevar al Senado a la deshonra y el descrédito, obstruir los procedimientos constitucionales del Senado y perjudicar su dignidad”. No se puede decir nada peor de un senador que lo que dijeron de Joseph McCarthy sus compañeros en la Cámara Alta de los Estados Unidos aquel día de finales de 1954.

Una amplia mayoría de 67 senadores apoyaron la censura y solamente 22 se opusieron. Hubo un ausente, el joven senador por Massachusetts John F. Kennedy (véase recuadro). El presidente Eisenhower, el general victorioso que había vencido a los nazis, pero que sin embargo se sentía amedrentado por McCarthy, se permitió un chiste en el consejo de ministros: “El McCarthyism ya es McCarthywasm”, un juego de palabras intraducible, que sustituye en McCarthyism las letras is por was (“es” por “era”, en inglés). El chiste era malo pero todos rieron, no tanto por adular al presidente como por el alivio de haberse librado del personaje más peligroso de América.

(Original Caption) Senator Joseph R. McCarthy chairman of the Senate Investigations Subcommittee, is shown as he took center stage again to comment on the latest developments in his dispute with the White House and Army Secretary Robert T. Stevens.
Foto: Getty Images

No vamos a analizar ahora lo que fue el macartismo, una caza de brujas de izquierdistas impulsada por la paranoia anticomunista, que se desató en Estados Unidos al conocer que la Unión Soviética tenía la bomba atómica. La única potencia que le discutía la hegemonía mundial podía hacer ahora en EEUU lo que EEUU hiciera en Hiroshima, y el americano medio creyó que lo había logrado robando el secreto en Norteamérica, gracias a sus espías y agentes infiltrados.

Con una denuncia de la que no tenía la menor prueba, “tengo en mi mano una lista de 205 comunistas en el Departamento de Estado”, aquel tipejo soez llamado Joseph McCarthy, senador por un Estado paleto, Wisconsin, se había convertido en el Gran Inquisidor de América. La presidencia de un comité de investigación del Senado llamado “de Actividades Antiamericanas” le había dado en tres años un poder monstruoso, no previsto en la Constitución: el de aterrorizar a todo aquel que no coincidiera con sus ideas ultraconservadoras. Como se supo después de la caída, McCarthy era un hombre excesivamente aficionado a la bebida, y también se emborrachó con el poder. Sus denuncias de “infiltrados comunistas” en la Administración federal, aun sin pruebas, habían provocado la expulsión de cientos de funcionarios de tendencia izquierdista, pero lo que le dio más fama fue la caza de brujas en el mundo del cine. La industria de Hollywood practicaba con entusiasmo la autocensura, se sometía por iniciativa propia al puritanismo de la América profunda adoptando reglas como el Código Hays, que hoy nos parece increíble. Y cuando el Comité de Actividades Antiamericanas lanzó la caza de brujas, los grandes magnates del cine se sumaron disciplinadamente, purgando Hollywood de progresistas.

Contra el Ejército

Pero McCarthy tenía una necesidad narcisista de hacer algo más difícil todavía, necesitaba derribar enemigos aún más altos. En el otoño de 1953, estando recién casado, cortó su luna de miel para arremeter contra el Ejército. Su táctica fue la misma que cuando empezó con el Departamento de Estado, dijo que tenía una lista de reds (rojos) infiltrados en el Cuerpo de Señales –una rama muy sensible de las Fuerzas Armadas, pues de ella dependen las comunicaciones-.

En realidad no tenía nada concreto y su investigación terminó en fracaso; no encontró más que un dentista, Irving Peress, miembro de un minúsculo partido de izquierdas, al que como a miles de médicos movilizados se le había otorgado automáticamente el grado de oficial. Cuando empezó a investigarlo, el dentista pidió la baja y fue “licenciado con honor”. Hasta esa pieza menor se le escapaba a McCarthy, pero como gran demagogo que era montó una campaña mediática con el eslogan: ¿Quién ascendió a Peress?

Su presa ahora sería el general Ralph Zwicker, a cuyas órdenes había estado el dentista. El Pentágono le había dicho a Zwicker que no respondiera las preguntas más insidiosas cuando compareció ante el comité de McCarthy, y este, con su habitual estilo tabernario, le dijo que tenía la inteligencia de “un niño de 5 años” y que “no era digno de vestir el uniforme”.

Pero el general Zwicker era un héroe de guerra que había desembarcado en Normandía el Día D y ganado muchas medallas. El ataque de McCarthy provocó la indignación de todos los militares estadounidenses, incluido Eisenhower, de las asociaciones de veteranos de guerra, de la mayoría de la prensa y del propio Partido Republicano, al pertenecía McCarthy.

Las cosas aún empeoraron cuando el secretario de Defensa Stevens intentó una actitud conciliadora con McCarthy. Los miembros del Gobierno le tenían auténtico miedo al senador y Stevens estuvo dispuesto a acceder a todas sus imposiciones. Como era un bocazas, McCarthy le comentó a un periodista que el secretario de Defensa “no podría haberse comportado más abyectamente ni poniéndose de rodillas”. El Times de Londres publicó un artículo que decía “El senador McCarthy ha conseguido lo que no lograron Burgoyne y Cornwallis [los generales ingleses en la Guerra de Independencia americana]: la rendición del Ejército Americano”.

La ofensa era demasiado grave y los generales prepararon un contrataque, apoyados discretamente por Eisenhower. Buscaron trapos sucios de McCarthy, y encontraron que había intentado lograr un trato de favor para un ayudante suyo que hacía la mili. Para el puritanismo americano eso era un pecado mortal. Ahora le tocó a McCarthy comparecer ante un comité de investigación, como el alguacil alguacilado. Durante 36 días de audiencias televisadas en directo McCarthy tuvo que tragar de su propia medicina.

Algunos medios de comunicación comenzaron a atacarle, el público de las audiencias aplaudía –ante las cámaras de TV- a los que le acosaban y entre sus compañeros de partido en el Senado se inició un movimiento para deshacerse de él. McCarthy se burlaba de un grupo de siete senadores republicanos enemigos llamándoles Blanca Nieves y los seis enanitos, pero para la derecha americana se había convertido en un compañero indeseado.

Borracho en el Senado

“Si el senador por Wisconsin hubiese estado a sueldo de los comunistas no les habría hecho mejor el trabajo”, llegó a decir en junio del 54 el senador republicano por Vermont Ralph Flanders, que patrocinó la censura contra McCarthy.

En enero de ese año McCarthy había alcanzado la cota más alta de su popularidad, con un 50% de los estadounidenses aprobando lo que hacía, y solamente un 29% en contra, según un sondeo de Gallup. Pero en el sondeo de agosto la tendencia se había invertido: los apoyos habían bajado al 36%, mientras que estaba contra él un 51% del público. McCarthy era una fruta madura a punto de caer. Caída que se consumó en la mayoritaria censura del Senado del 2 de diciembre que citábamos al principio.

A partir de ese momento el Gran Inquisidor se convirtió en un apestado a quien todos rehuían. No perdió su escaño, pero en el tiempo de legislatura que le quedó el Senado se vaciaba cuando él hablaba. Los demás senadores le hacían desplantes, la prensa le ignoraba absolutamente y su condición física se deterioró notablemente. “Es un pálido fantasma de lo que antes era”, diría un cronista.

Siempre había bebido, pero ahora aparecía borracho en el mismísimo Senado, ante padres de la patria y periodistas. En la primavera de 1957 ingresó en el Hospital Naval de Bethesda, donde murió el 2 de mayo de cirrosis hepática causada por el alcohol. Solamente tenía 48 años.

Hubo que celebrar una elección en Wisconsin para cubrir su escaño, y la ganó un demócrata, William Proxmire. Su sucesor le puso el epitafio a McCarthy: “Una desgracia para Wisconsin, para el Senado y para América”.

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